“A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos”. Juan 20:23
Esta declaración del Cristo resucitado ha sido interpretada de maneras muy diversas a lo largo de la historia de la Iglesia. En particular, el catolicismo romano ha utilizado este texto como una de sus principales bases para sustentar la doctrina de la confesión auricular y la autoridad del sacerdote para perdonar pecados. Sin embargo, una exégesis cuidadosa del pasaje, en su contexto inmediato y en el conjunto del Nuevo Testamento, revela un significado distinto y profundamente evangélico, centrado en la proclamación de Cristo y no en una prerrogativa sacerdotal humana.
La escena ocurre inmediatamente después de la resurrección, cuando Jesús se presenta a los discípulos reunidos y les dice: “Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Juan 20:21). Acto seguido, sopla sobre ellos y les dice: “Recibid el Espíritu Santo” (v. 22). En este marco, el versículo 23 debe entenderse como parte del envío apostólico y no como el establecimiento de un sacramento. Jesús está dotando a sus apóstoles del Espíritu para que proclamen el evangelio con autoridad, y en ese anuncio hay consecuencias reales: cuando el evangelio es creído, los pecados son verdaderamente perdonados; cuando es rechazado, permanecen. Los apóstoles no actúan como jueces autónomos, sino como mensajeros fieles del juicio y la gracia de Dios.
Los católicos interpretan este texto en clave sacerdotal. Afirman que Jesús confirió a los apóstoles, y por sucesión a los sacerdotes, el poder de absolver pecados en nombre de Cristo, de forma sacramental, a través de la confesión auricular. Esta interpretación se consolidó con fuerza en la Edad Media y fue definida dogmáticamente en el Concilio de Trento, donde se enseñó que la absolución sacramental es necesaria para el perdón de los pecados graves después del bautismo. Sin embargo, esta lectura introduce varios problemas. En primer lugar, no hay en el texto ninguna mención de confesión privada, ni de un rito, ni de una autoridad sacerdotal que continúe más allá del testimonio apostólico. En segundo lugar, el Nuevo Testamento jamás presenta a los líderes de la iglesia como intermediarios del perdón, sino como heraldos de un mensaje objetivo: que en Cristo hay perdón mediante la fe (Hechos 10:43; 13:38-39). Tercero, la enseñanza clara de las Escrituras es que solo Dios puede perdonar pecados (Marcos 2:7), y lo hace directamente sobre la base de la obra de Cristo, no por medio de un sacramento controlado por una institución humana.
El verbo griego que se traduce como “remitir” (ἀφίημι, aphiēmi) implica perdón, liberación, y es utilizado en muchos textos para describir lo que Dios hace cuando el pecador cree. En Juan 20:23, el uso pasivo del verbo (“les son remitidos”) señala que la acción viene de Dios, no de los discípulos. Ellos son el medio a través del cual se comunica el mensaje que produce ese efecto. Es decir, cuando se anuncia con fidelidad el evangelio, y una persona responde en fe, los predicadores pueden declarar con plena autoridad: tus pecados te han sido perdonados. Esa autoridad no está en ellos, sino en el mensaje que portan, respaldado por el Espíritu.
Como cristianos, se comprende este versículo no como una concesión de poder judicial o sacerdotal, sino como una confirmación de la eficacia del evangelio. Nosotros no otorgamos el perdón, pero proclamamos el único mensaje que puede verdaderamente perdonar. Por eso, el perdón se remite cuando alguien recibe el evangelio por fe, y se retiene cuando alguien lo rechaza. La iglesia, al anunciar la verdad, confirma lo que ya ha sido determinado por Dios: que los creyentes son justificados gratuitamente por su gracia, por medio de la fe, sin necesidad de mediaciones humanas.
Así, Juan 20:23 no respalda la confesión auricular ni el control del perdón por parte de una jerarquía eclesiástica. Más bien, exalta la suficiencia de Cristo y la centralidad del evangelio como el único medio por el cual los pecados pueden ser verdaderamente perdonados. La proclamación apostólica continúa hoy mediante la predicación fiel de la Palabra, y el Espíritu Santo sigue obrando para aplicar esa salvación a todo aquel que cree.








