¿Recibieron el Espíritu Santo cuando Jesús sopló sobre sus discípulos?

 «Y habiendo dicho esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo» Juan 20:22

Este pasaje ha sido motivo de mucha discusión y, en algunos casos, de prácticas cuestionables dentro del cristianismo moderno. Jesús, después de resucitar, se presenta ante sus discípulos y les dice estas palabras que, a simple vista, parecerían indicar que en ese momento recibieron el Espíritu Santo. Algunos líderes han interpretado esto como una autorización para reproducir este acto físico de «soplar», creyendo que a través de ello el Espíritu Santo es impartido a otros. Pero, ¿es esto realmente lo que enseña la Escritura?

Primero, debemos observar que en el contexto de Juan 20:22, Jesús ya había prometido previamente el envío del Espíritu Santo como una obra futura. En Juan 16:7, dijo: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré.” Jesús aún no había ascendido al Padre, por tanto, el Espíritu Santo no había sido dado en la forma prometida en Pentecostés. El acto de soplar en Juan 20:22 parece entonces tener un carácter simbólico, una especie de anticipo profético de lo que ocurriría plenamente en Hechos 2, cuando el Espíritu Santo descendió con poder sobre todos los creyentes reunidos en el aposento alto.

El verbo griego «ἐμφυσάω» (emphysáō), usado en Juan 20:22, aparece también en la Septuaginta en Génesis 2:7, cuando Dios sopla aliento de vida en el hombre. Este paralelismo sugiere una acción simbólica que marca un nuevo comienzo, una nueva creación espiritual. Jesús, como el segundo Adán, anticipa la regeneración y el nuevo nacimiento que el Espíritu Santo realizaría en plenitud tras su ascensión. Así, el soplo de Jesús puede entenderse como una señal de lo que vendría, más que un acto consumado de impartición del Espíritu.

En Hechos 1:4-5, Jesús les dice explícitamente que esperen en Jerusalén la promesa del Padre, es decir, el Espíritu Santo. Luego, en Hechos 2, vemos que la promesa se cumple en Pentecostés, con la venida visible y poderosa del Espíritu sobre todos. Si los discípulos ya hubiesen recibido el Espíritu en Juan 20:22 en sentido pleno, la espera en Jerusalén y la manifestación del Pentecostés no tendría sentido.

Por tanto, la práctica de soplar sobre otros para transmitir el Espíritu Santo carece de fundamento bíblico sólido. La Escritura nunca muestra a los apóstoles ni a los primeros creyentes utilizando este acto como una forma de impartición espiritual. La recepción del Espíritu no depende de un gesto físico, sino de la obra soberana de Dios, por medio de la fe en Cristo y en el tiempo señalado por Él.

Es crucial interpretar correctamente los símbolos y acciones de Jesús a la luz del contexto bíblico completo. Convertir un acto simbólico en una doctrina o práctica permanente es arriesgado y puede llevar a confusiones o manipulaciones espirituales. Lo que el creyente necesita hoy no es una experiencia externa imitada, sino una transformación interior genuina por la gracia de Dios, producida por el Espíritu que habita en nosotros desde el momento en que creemos en el Evangelio.

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