La falsa misericordia de la eutanasia

¿Puede llamarse amor a dar muerte a quien sufre? Esta es una de las preguntas más difíciles de nuestro tiempo, no porque carezca de respuesta moral, sino porque toca fibras profundamente humanas: el dolor, el miedo, el agotamiento y la compasión. La eutanasia suele presentarse como un acto de misericordia frente al sufrimiento extremo, especialmente cuando una persona padece una enfermedad grave, incurable y dolorosa, y cuando la familia, emocional y económicamente desgastada, ya no ve esperanza. Pero ¿basta el sufrimiento para redefinir lo que es moralmente correcto?

La Escritura nunca niega la realidad del dolor humano. Job maldijo el día de su nacimiento (Job 3:1), David clamó desde la angustia (Salmos 6:6), Jeremías expresó deseos de no haber nacido (Jeremías 20:14–18), y aun nuestro Señor Jesucristo experimentó una angustia tan profunda que su sudor fue como grandes gotas de sangre (Lucas 22:44). El sufrimiento, por tanto, no es ajeno a la experiencia bíblica. Sin embargo, en ninguno de estos casos el dolor se convirtió en justificación para quitar la vida.

Cuando una persona, vencida por el sufrimiento, pide morir, la pregunta no es si su dolor es real o comprensible, sino si el ser humano tiene autoridad para poner fin deliberadamente a una vida inocente. La Biblia es clara al afirmar que la vida humana no es propiedad absoluta del individuo, sino un don otorgado por Dios. “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (Job 1:21). Este reconocimiento no surge de una teología fría, sino de una visión reverente de la soberanía divina sobre la vida y la muerte.

El mandamiento “No matarás” (Éxodo 20:13) no está condicionado al estado emocional, físico o económico de la persona. No incluye excepciones basadas en la compasión subjetiva. El valor de la vida humana no depende de su calidad percibida, de su productividad ni de su nivel de sufrimiento, sino de haber sido creada a imagen de Dios (Génesis 1:27). Cuando se acepta que el dolor justifica la muerte, se introduce un criterio peligroso: la vida vale mientras no duela demasiado.

Algunos argumentan que, si la persona lo pide, la eutanasia deja de ser un acto injusto. Pero el consentimiento no cambia la naturaleza moral del acto. El hecho de que alguien desee morir no convierte la muerte infligida en un bien. La desesperación no otorga autoridad moral. El suicidio nunca es presentado en la Escritura como una salida virtuosa, aun cuando quienes lo cometieron estaban profundamente angustiados (1 Samuel 31:4; Mateo 27:5). La compasión bíblica no consiste en afirmar todo deseo nacido del dolor, sino en acompañar al que sufre sin destruirlo.

El amor, según la Escritura, no redefine el bien y el mal. “El amor no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad” (1 Corintios 13:6). Si quitar la vida es injusto, no puede transformarse en un acto de amor simplemente porque se haga con lágrimas y buenas intenciones. El verdadero amor no elimina al que sufre para eliminar el sufrimiento; permanece, cuida y sostiene aun cuando el proceso sea largo y costoso.

Aquí es donde la eutanasia se revela como lo que muchos teólogos han llamado con razón una falsa misericordia. Parece compasión, pero en realidad es una renuncia al deber de amar hasta el final. Es más fácil poner fin a una vida que permanecer fielmente al lado de quien ya no puede ofrecer nada a cambio. Es más rápido terminar con el problema que cargar con la cruz del acompañamiento. Pero Cristo no nos mostró un amor que huye del dolor ajeno; nos mostró un amor que entra en él. “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros” (1 Juan 3:16), no la vida de otros para aliviar la incomodidad del sufrimiento.

La respuesta bíblica al dolor extremo no es la muerte provocada, sino la dignidad preservada. No es matar, sino cuidar. No es acelerar el final, sino honrar la vida hasta su último aliento. Aun cuando el cuerpo se debilita, la vida sigue teniendo valor delante de Dios. “Preciosa es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos” (Salmos 116:15). No porque el sufrimiento sea bueno, sino porque cada vida sigue siendo suya.

Entonces, ¿puede llamarse amor a la eutanasia? A la luz de la Escritura, no. El amor verdadero no mata; acompaña. No elimina; sostiene. No se rinde ante el dolor, sino que permanece fiel hasta el final, confiando en que la vida humana, incluso en su etapa más frágil, sigue estando en manos de Dios.

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