La cultura contemporánea ha adoptado, muchas veces sin reconocerlo, una ética profundamente utilitarista para justificar el aborto. Bajo esta lógica, el valor de una vida humana se mide en función de su utilidad, su viabilidad, su calidad proyectada o su impacto social. Así, el niño por nacer deja de ser visto como persona para convertirse en una variable: ¿será deseado?, ¿será sano?, ¿será productivo?, ¿interrumpirá planes?, ¿representará una carga? Cuando estas preguntas reemplazan a la verdad moral, la vida queda a merced del cálculo humano.
El utilitarismo sostiene que una acción es buena si produce el mayor beneficio para el mayor número de personas. Aplicado al aborto, esto se traduce en la idea de que eliminar una vida inocente puede ser moralmente aceptable si reduce el sufrimiento, evita dificultades económicas o preserva la comodidad de otros. Sin embargo, esta lógica ignora una verdad fundamental: la dignidad humana no es cuantificable ni negociable. La Escritura afirma que el valor del ser humano no proviene de su utilidad, sino de su origen. “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó” (Génesis 1:27). Quitar la vida a quien porta esa imagen no puede justificarse por beneficios circunstanciales.
Uno de los argumentos más repetidos es que el niño en el vientre “aún no es una persona”, sino solo un conjunto de células. Esta afirmación no es científica, sino filosófica, y responde precisamente a una ética utilitarista que necesita deshumanizar para poder eliminar. La historia demuestra que toda gran injusticia comenzó negando la condición humana de la víctima. Cambiar el lenguaje no cambia la realidad. Desde la concepción existe un ser humano en desarrollo, conocido por Dios y no invisible ante Él. “Tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre” (Salmo 139:13).
El utilitarismo también se manifiesta cuando se apela a los llamados “casos extremos”. Se argumenta que, ante situaciones dolorosas o diagnósticos difíciles, el aborto sería el mal menor. Sin embargo, una ética que permite la muerte del inocente en ciertos casos deja de ser una ética de justicia para convertirse en una ética de conveniencia. La Biblia nunca autoriza hacer el mal para obtener un supuesto bien. “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo!” (Isaías 5:20). El sufrimiento es real y debe ser atendido con compasión, pero la eliminación de una vida inocente no es una respuesta moralmente legítima.
La historia ofrece ejemplos elocuentes de cuán peligroso es medir la vida por su utilidad esperada. Personas que hoy son reconocidas por su influencia intelectual, cultural o espiritual habrían sido descartadas bajo los criterios actuales de calidad de vida: por pobreza, discapacidad o diagnósticos adversos. Esto no significa que una vida valga por llegar a ser famosa, sino que el ser humano no tiene la capacidad ni la autoridad para anticipar el valor o el propósito de una vida. “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio” (Juan 7:24).
La cosmovisión bíblica se opone frontalmente al utilitarismo porque afirma que la vida es un don, no un recurso. El mandamiento “No matarás” (Éxodo 20:13) no incluye cláusulas de excepción basadas en comodidad, pronóstico o utilidad social. Dios no delega al ser humano la potestad de decidir quién merece vivir. Él mismo declara: “Mía es la vida” (cf. Deuteronomio 32:39). Cuando el hombre asume el rol de juez supremo, el resultado no es progreso moral, sino decadencia ética.
La respuesta cristiana ante el drama del aborto no es la indiferencia ni la crueldad, sino una compasión que no sacrifica la verdad. La Escritura nos llama a “abrir la boca por el mudo” y a “defender al desvalido” (Proverbios 31:8–9). El niño por nacer es el más indefenso de todos, y precisamente por eso es el primero en ser eliminado cuando la sociedad adopta una ética basada en el cálculo y no en la justicia.
En última instancia, el aborto no es solo una cuestión médica o social, sino teológica. Revela qué entendemos por ser humano y quién creemos que tiene autoridad sobre la vida. El utilitarismo responde con números; el cristianismo responde con la cruz. Cristo no murió porque fuera útil, sino porque cada vida tiene un valor infinito ante Dios. Y es desde esa verdad que la Iglesia debe hablar, con firmeza y con gracia, en defensa de los que no tienen voz.








