Dios

Vivimos en un universo cuya inmensidad presupone un poderoso Hacedor, y cuya belleza, designio y orden señala la presencia de un sabio Legislador. Empero, ¿quién hizo al Hacedor? Podemos remontarnos en el tiempo, pasando del efecto a la causa, pero no podemos continuar retrocediendo para siempre sin admitir un ser “Eterno.” Ese Ser Eterno es Dios, la Causa y Manantial de todo lo que existe.

La palabra griega para designar a Dios es “Theos”, de allí proviene la palabra “Theología” que significa el estudio o tratado de Dios. Nuestro postulado es “Dios existe, y puede ser conocido”. La existencia de Dios no está sujeta a demostración científica, debe ser un postulado de la fe; y dado que Dios trasciende toda su creación, sólo podemos conocerlo en la medida en que se revela a sí mismo.

Para nosotros la existencia de Dios es la gran presuposición de la teología. No tiene sentido hablar del conocimiento de Dios, a menos que se admita que Dios existe. La presuposición de  la  teología  cristiana  tiene  características  muy  definidas.  La  suposición  es,  no simplemente que hay algo, alguna idea o ideal, alguna potencia o tendencia determinada a la que se debe dar el nombre de Dios, existente por sí, consciente por sí, sino que hay un Ser personal, del que se originan todas las cosas, que transciende toda la creación, aunque a la vez es inmanente en cada parte de ella. Puede surgir la interrogación sobre si nuestra presuposición  es  razonable,  y  la  contestación  será  afirmativa.  Esto,  sin  embargo,  no significa que la existencia de Dios sea susceptible de una demostración lógica que elimine toda duda; pero sí, que en tanta que la existencia de Dios se acepte por la fe, ésta tiene su base en una información fidedigna. Aunque la teología reformada considera la existencia de Dios como una presuposición completamente razonable, no pretende tener capacidad para demostrarla por medio de una argumentación lógica. Respecto al intento de hacerlo, habla el Dr. Kuyper como sigue: “El intento de probar la existencia de Dios, puede, o bien resultar inútil, o innecesario. Inútil, si el investigador cree que Dios es galardonador de los que le buscan. E innecesario si se intenta forzar a una persona que no tiene esta pistis (fe) haciéndola que por medio de argumentos llegue al convencimiento en sentido lógico“.

El cristiano acepta por la fe la verdad de la existencia de Dios. Pero no por una fe ciega; sino por una fe que se basa en la evidencia, y la evidencia se funda, ante todo, en la Escritura  como  Palabra  inspirada  por  Dios,  y  luego,  en  la  revelación  de  Dios  en  la naturaleza. La prueba bíblica acerca de este punto no nos viene en la forma de una explícita declaración, y mucho menos en forma de argumento lógico. La aproximación más parecida a una declaración, está, quizá, en Hebreos 11: 6, “… porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que te buscan“. La Biblia presupone la existencia de Dios desde su primera declaración: “En el principio creó Dios tos cielos y la tierra“. No sólo describe a Dios como el Creador de todas las cosas, sino también como el Sustentador de todas sus criaturas, y como el Gobernante de los destinos de individuos y naciones. La Biblia testifica que Dios hace todas las cosas según el consejo de su voluntad, y revela la realización gradual de su gran propósito de redención. La preparación para este trabajo, especialmente en la elección y dirección del pueblo israelita del antiguo pacto, está manifestada claramente en el Antiguo Testamento, y la inicial culminación de  ella en la Persona y obra de Cristo,  surge de las páginas del Nuevo Testamento con claridad inmensa.

Se contempla a Dios en casi cada página de la Santa Escritura a medida que se revela en palabra y acciones. Esta revelación de Dios es la base de nuestra fe en la existencia de Dios, y la hace completamente razonable. Debe hacerse notar, sin embargo, que únicamente por la fe aceptamos la revelación de Dios y alcanzamos la verdadera comprensión de su contenido. Jesús dijo: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta“. Juan 7: 17. Oseas tenía en su mente este conocimiento intensivo que resulta de la íntima comunión con  Dios, cuando dijo: “Y conoceremos y proseguiremos en conocer a Jehová“. Oseas 6: 3. El incrédulo no tiene el verdadero conocimiento de la Palabra de Dios. Vienen muy al punto en este respecto las palabras de Pablo: “¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación“. 1 Corintios 1: 20 – 21.

Concluimos con que esto: La religión cristiana se distingue en que afirma que se puede conocer a Dios como Dios personal solamente en la revelación que de sí mismo hace en las Escrituras. La Biblia no fue escrita para probar que Dios existe, sino para revelarlo por medio de sus actos. Por ello la revelación bíblica de Dios es de naturaleza progresiva, y alcanza su plenitud en Jesucristo, su Hijo.

Fuente:

–  Teología Sistemática Completa – Luís Berkhof
–  Nuevo Diccionario Bíblico Certeza

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