13 julio , 2010

El que nace de Dios no peca

Por Geycer Paredes

“Todo aquel que es nacido de Dios,  no practica el pecado,  porque la simiente de Dios permanece en él;  y no puede pecar,  porque es nacido de Dios”. 1 Juan 3:9

¿Querrá decir aquí el Apóstol que el cristiano es absolutamente incapaz de cometer una falta? No, porque el mismo objeto de su carta es el prevenir que pequen, con lo que está admitida la posibilidad de poder faltar. ¿Cómo, pues, comprender la afirmación de que los nacidos de Dios no pueden pecar? En este caso también nos proporciona luz la consideración detenida del designio de la carta. Por las Escrituras vemos que hacia fines del siglo apostólico existían ciertos pretendidos cristianos engañados que se creían poder practicar toda clase de excesos carnales, sin respetar ley ninguna. Uno de los designios de la carta es, evidentemente, el prevenir a los hijos de Dios contra tan  malas credencias. Manifiesta Juan que, contrario a esos “hijos del diablo” que por naturaleza hacen pecado, los “hijos de Dios” no hacen pecado. Cada uno se ocupa en las obras de su padre: los hijos de Dios se ocupan en manifestar su amor a Dios guardando sus mandamientos (c. 5:2); los hijos del diablo se ocupan en imitar a su padre, quien está pecando desde el principio. Los unos practican el pecado, los otros no lo practican desde el momento que nacieron de Dios. Oponiéndose a esos disolutos, hijos del diablo, que se creían poder pecar y naturalmente con gusto pecaban, afirma  Juan que los nacidos de Dios, por el contrario, teniendo repugnancia y odio al pecado, no pueden pecar; es decir, no pueden practicar el pecado, o continuar pecando, como indica el texto original. Por la razón de haber nacido de Dios, y aspirando, como aspiran a la perfección moral completa, es contra su nueva naturaleza practicar el pecado: no pueden continuar pecando; lo que por supuesto no impide que sean exhortados a guardarse del mal desde el momento que no están fuera de la posibilidad de pecar.